Si estás solo serás tu propio dueño


No comparto la idea de que los genios lo sean en todo. No son dioses, en su vida personal también tuvieron sus pequeños o grandes defectos personales que nos hacen a todos humanos, aunque ellos destaquen de forma muy especial con algún talento.

Por eso me cuesta un poco citar al genio del arte y de la ciencia, Leonardo Da Vinci en un aspecto de la vida en donde no estoy seguro si, lo que dijo (si es que lo dijo) también tiene esa dosis de genialidad que lo ha hecho tan famoso.



Quizás esta idea de soledad tenga que ver más por la sabiduría que las personas reflexivas van adquiriendo en su vida, pero la frase tiene una fuerte dosis de contundencia, sin dejar de ser polémica.

Somos seres sociales y como tales necesitamos de la convivencia con otras personas no sólo para sentirnos bien, sino para evolucionar. Las personas que viven aisladas corren el riesgo de reducir algunas de sus facultades intelectuales porque el uso de la palabra permite compartir y reproducir el conocimiento. El contacto social es necesario, pero su delimitación concreta es difícil de definir.
El hecho que se describe brevemente en el vídeo es claro: los amigos, las visitas por famosas que sean distraen el tiempo de un artista para dedicarse a sus propias creaciones. Un espacio de soledad es necesario para la creatividad y el desarrollo intelectual.

Pero en mi caso la frase me impactó en otro sentido también importante y tiene que ver con la vida en pareja. Desde que mi temprana adolescencia siempre he tenido una pareja con quien compartir mi tiempo y pensamientos. También en la mayoría de ese tiempo el espacio sobre todo el mental.

Nunca me había cuestionado el papel de la soledad. Compartir el tiempo con alguien lo consideraba no solo natural, sino indispensable. Durante casi toda mi existencia no me sentía bien si al menos no contaba con una expectativa de tener una pareja. No concebía la vida en solitario.

Por la indagación constante que hago, por motivos de trabajo, sobre el manejo de finanzas personales me ha surgido el reto de reprogramar mis hábitos y costumbres para darle una orientación menos inclinada hacia el consumo y más enfocada al crecimiento patrimonial.

Y este esfuerzo me ha traído varias sorpresas, por ejemplo el de descubrir que para vivir en pareja hay que ceder y a menudo se entregan convicciones o planes de vida. Y no siempre depende de lo que ellas quieran, que influye mucho, sino también de mis propias expectativas de pareja: el desear que mi pareja se sienta bien a menudo choca con mis planes de gastar sólo en aquello que he programado. ¿Qué es más importante? ¿mi patrimonio o la felicidad de consumo del ser que amo?

El conflicto es importante, aunque parezca una broma: si rompo mis planeación financiera me siento frustrado por no seguirla, pero si no lo hago siento que le estoy dando prioridad a lo material y no al cuidado y complacencia de un ser amado.

Tampoco se trata de una posición materialista que coquetea con la esencia del neoliberalismo: todo debe tener una rentabilidad para que sea apreciado. Por el contrario, el cuidado del patrimonio da libertad financiera, lo hace uno dueño de su tiempo y de sus decisiones. A la larga una familia que cuida su patrimonio disfruta más de la vida que una que agota sus recursos en el consumismo en una loca carrera por mostrar que se tiene más que los demás.

Hasta antes de descubrir esta contradicción sentía que sabía como manejar una relación de pareja, cediendo con gusto a los deseos y necesidades de mi pareja como una forma de expresarle mi amor, hasta que descubrí que era esclavo de mis propias expectativas, tratar de ser siempre la mejor pareja incluso sobre mis propios intereses.

No sé qué fue primero, si el huevo o la gallina, es decir, no sé si por pensar así estoy solo o porque estoy solo pienso así, pero esta circunstancia me ha llevado a un nuevo tipo de soledad inédito para mí: volverme dueño de mis decisiones sin interponer a nadie en mis objetivos, lo que me ha dejado sin espacio para una pareja. Me he convertido en dueño de mí mismo y eso ha sido gracias a la soledad y (para mi sorpresa y una sensación de infortunio cuando pienso en esto) está funcionando.

 Lo anterior no significa que me haya dejado de gustar compartir mi tiempo y mi espacio con una pareja. Por supuesto extraño amar a alguien, abrazarla por la espalda para sentir el aroma natural que toda mujer que uno ama emite como una especie de comunicación natural.

Pero el más sencillo de los compromisos, como el enviarle un mensaje de texto para demostrarle que pienso en ella se ha convertido en una interrupción a mis objetivos, aun cuando efectivamente esté pensando en ella.

Por supuesto sé que estoy cayendo en el otro extremo.

Posiblemente sea un proceso de transición, pero honestamente desconozco a donde me llevará. Pienso en cómo seré después de alcanzar mis objetivos actuales y me descubro pensando en otros. La soledad ha saturado mi agenda de planes, proyectos y actividades personales, algo que nunca me había ocurrido.

Quizás sólo sea algo que tenga que ver exclusivamente con mi personalidad, pero desde esta perspectiva la máxima de Davinci ha resultado cierta: la soledad me ha convertido en dueño de mi mismo.

La antropología explica que hay dos razones que dan sustento al concepto "familia".

El ser humano, como individuo, requiere de un entorno de protección porque no es capaz de ser independiente hasta pasado que hayan pasado varios años después de su nacimiento. Para lograrlo la hembra necesita retener a un macho a su lado durante estos años de vulnerabilidad.

El macho humano también tiene interés en la creación de una familia. A partir de la creación de la propiedad privada, la propiedad familiar es un medio idóneo para garantizar la conservación de la riqueza, que dejó de ser comunal para convertirse en individual.

Probablemente no sepa como explicar mis preferencias, básicamente debido a que hay una inteligencia interna que nos hace tomar decisiones en el plano no consciente, pero no tengo ninguna duda cuando incluyo razones de supervivencia que respalden las decisiones de cualquier ser vivo,

Prácticamente la totalidad de las acciones de cualquier individuo vivo en el planeta (no sólo los humanos, cualquiera) están relacionadas con la supervivencia de su especie, desde el sexo hasta las guerras, la búsqueda de alimento, por lo tanto se puede entender que la subsistencia de los hijos y la conservación de la riqueza sean elementos suficientes para garantizar la existencia de una familia y por consecuencia, la vida en pareja.

Ante  este  planteamiento de Da Vinci surge una pregunta que no he sabido si alguien ya tiene una respuesta: ¿Qué es lo que ocurre cuando no existen esos dos elementos. ¿Hay realmente sinergia en la vida en pareja cuando no hay procreación o conservación de riqueza?

Eduardo Punset solía decir que aun nadie puede saber si hay vida después de la muerte, pero nadie puede dudar que la hay antes de la muerte.

Es claro que la propiedad privada es un invento de la civilización, pero no lo es la necesidad de familia para la evolución de la prole, pero ¿hay otras razones de supervivencia o la inteligencia humana por resolver retos tan cotidianos lo está llevando a terrenos oscuros en donde la naturaleza aun no tiene respuesta?

Este cuestionamiento tampoco tiene que ver con la modernidad. Siempre ha existido, incluso en el pasado con mayor claridad. Da Vinci no ha sido el único personaje célebre que ha vivido sin pareja, independientemente de sus preferencias sexuales.

Incluso más allá de la misogenia, el machismo patriarcal y los intereses económicos, hay una razón práctica en el celibato religioso o en la constante petición de que los deportistas de alto rendimiento no desgasten su tiempo y energía en relaciones de pareja.

Quizás sean sólo fases y no decisiones de vida. Pero sin duda el ser dueño de uno mismo es sumamente atractivo.

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