El valor del Colectivo Oaxaca Cultural



Dejar que la mayor parte de mi vida pase en el país en el que nací no me hace un experto. Me ocurre a menudo que amigos del extranjero piensen que yo puedo decirles donde comprar con certeza una linda artesanía o llevarlos al mejor restaurante de comida típica.

Nada más alejado de la realidad. Nunca recuerdo el nombre del último restaurante al que fui al comer, probablemente nunca me enteré, aunque haya probado un delicioso platillo tradicional o un sorprendente menú internacional. No sé cual es el más caro, o el mejor, ni cual está de moda, ni me interesa el nombre del chef o si los que van a los restaurantes son pobres, ricos, famosos o refinados sibaritas.

No lo sé porque  son temas que  no quiero que ocupen espacio en mi mente, el saberlo no cambia la calidad o valor de mi vida. Pero esta ignorancia intencional se convierte en una pesadilla cuando alguien, que no conoce la Ciudad de México, me pide que le recomiende un sitio que valga la pena conocer.

Pero es peor aun cuando se trata de elegir una artesanía.

La última vez que fui al mercado de la Ciudadela tuve discusiones inútiles con los vendedores por andar ofreciendo representaciones de la Piedra del Sol Mexica por representaciones del Calendario Maya.

Son lugares en donde me siento incómodo, sobre todo cuando descubro que las artesanías -que por definición se fabrican de forma manual (de ahí su nombre)- se repiten  idénticas de un puesto al otro, lo que me hace sospechar que su producción es en serie. Y me siento peor aun cuando recuerdo que, esa pieza artesanal mexicana, puede provenir de un lejano país oriental.

Me gustan las guayaberas con cuello Mao que venden en el sureste mexicano. En una ocasión, cuando me compraba una en Tepozotlán, me detuve a conversar con el vendedor que vestía con un traje típico indígena parecido al totonaca de Papantla, vestido totalmente de blanco, con pantalones de manta con la parte del tobillo ajustada y botas negras.

Muy parecido a este traje:

Imagen de blog Cuando Vaya al Cielo
Originalmente me dijo que venía de Veracruz, pero minutos después me confesó que tenía más de 30 años viviendo en la ciudad de México y que se vestía así porque a la gente le gustaba y vendía más, ante mi sorpresa me explicó que de todas formas iba cada semana a su pueblo a comprar esas camisas.

Por supuesto ya no le creí.

Esa es la historia constante cuando uno intenta comprar una artesanía en la Ciudad de México, la cadena comercial es tan compleja que siempre se duda de la autenticidad de la prenda y de que el beneficio llegue a las manos de su productor.

 Por eso cuando me enteré de que una amiga es la directora del Colectivo Oaxaca Cultural lo consideré como un verdadero respiro porque precisamente una de sus funciones es la de reconocer y dar el crédito al artesano que ellos promueven. Su trabajo consiste en estar en contacto permanente con estos artistas y artesanos para ayudarles a promover su trabajo.

Entre los proyectos de este Colectivo destaca su Programa Oaxaca con las Manos. Que apoya a los artistas y artesanos oaxaqueños. Debido a que este Colectivo no tiene fines de lucro, cuando se compra a través de ellos, el beneficio más importante llega a las manos del artesano, a quien se les reconoce no sólo por su nombre, sino por el tiempo que le dedican a hacer la artesanía, el tipo de material y la forma en cómo se hace.



Ixchel Castellón, fundadora y directora del Colectivo Oaxaca Cultural me comentó que con esta descripción se resalta la importancia de no regatear los precios con los artesanos, pues ellos dedican muchas horas a realizar el trabajo, pero sus necesidades económicas les obligan a malbaratar su trabajo. Una curiosa costumbre en donde pensamos que estamos apoyando a los artesanos, pero regateamos con ellos, obstaculizando así la posibilidad de tener una mejor calidad de vida.

La última compra de artesanías la hice en este Colectivo y muero de ganas por explicarles a mis amigos extranjeros de donde es la artesanía y porque es algo único que no se encuentra en cualquier región de Oaxaca, aunque vayan a visitar esa ciudad.

Cuando escucho historias como esta me recuerda la importancia que tiene la comunicación y la mercadotecnia alternativa.

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