El Coro del Corral: Cómo meter a tus demonios en el bolsillo

 


A veces, cuando el ruido del mundo se apaga, descubro que el silencio no existe. En la quietud de mi propia mente, he hallado que no soy una sola voz, sino un coro discordante que no siempre se pone de acuerdo. Al escribir este relato, comprendí que para dejar de ser ese "hombre domesticado", primero debí reconocer que una legión de demonios habita en mi interior.

 

Durante mucho tiempo creí que mis pensamientos eran una línea recta. Al asomarme al abismo interior, topé con personajes que parecían tener vida propia. Les puse nombres para intentar descifrarlos, aunque solo fueran proyecciones de mis propios miedos y deseos.

 

Ahí estaba Syo, ese reflejo mío tan pulcro como agotado, cargando con el peso del "deber ser" y las reglas sociales que yo mismo me impuse. Es esa parte de mí que suda de angustia ante la crítica y se aferra a la moral heredada para sentirse seguro. Al verlo, comprendí que gran parte de mi estrés no venía de afuera, sino de este guardián interno que se empeñaba en mantenerme dentro del corral.

 

En el rincón opuesto, encontré a LO. Él es todo lo que yo no me atrevía a ser: cínico, desaliñado, pero con una energía salvaje y una determinación que me dejaba mudo. Representa ese impulso primitivo que no usa corbatas y que sabe que, a veces, la única respuesta válida es actuar sin tanto análisis.

 

Y luego apareció Locura, mi energía vital, esa alegría espontánea que yo mismo había encerrado en una camisa de fuerza hace años para volverme un tipo "aburrido y obediente". Ella me recordó que alguna vez supe jugar, que fui capaz de saltar bardas solo por un chocolate y que la vida posee un color que el razonamiento no puede ver.

 

Me asustó entender que estos personajes se alimentaban de mi importancia personal y de mis miedos. Durante años, dejé que ellos pelearan por el volante de mi vida mientras yo me hundía en la confusión. Pero mi viaje no consistió en aprender a eliminarlos —porque son parte de lo que soy— sino en verlos de frente.

 

Me estaban volviendo loco con sus intervenciones impertinentes, atrayendo el miedo, la duda y la desconfianza; cualquier cosa que convirtiera mi intención en no-acción. En ese estado somos muy fáciles de controlar por nuestros demonios. Confiar, decidir y actuar sin temor al juicio ajeno los debilita; los demonios siempre anhelan el control absoluto.

 

Aunque parece grave, el control de los demonios es lo más común. Vivimos en una sociedad aletargada. Pero algo me hizo reaccionar; me ayudó no solo a ponerlos en su lugar, sino a usar su fuerza y conocimiento en mi propio beneficio. No fue fácil. Si quieres saber cómo, te sugiero leer el libro que escribí en este enlace.

 

Hoy, cuando aparecen para darme consejos contradictorios o despertarme con sus gritos, recuerdo que soy el dueño de mi propia atención. No busco darlos de baja; simplemente intento que, cuando el camino se pone difícil, se hagan pequeños para que quepan en mi bolsillo. Así, aunque sigan ahí, ya no son ellos quienes deciden hacia dónde doy el siguiente paso.

 

Esta es solo la crónica de mis propios encuentros en la oscuridad. Al final, cada uno sabrá quiénes habitan en su propia mente y si decide conversar con ellos o seguir de largo.



Comentarios

Únete a los cimarrones y fricciona ideas

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *