Crónica de un despertar lúcido: El fin del mito de la libertad vigilada.
En algunas ocasiones al despertar, me asalta la duda
recurrente sobre el valor de esta vida: inicio con la sospecha de que los días
son casi idénticos, de que no hay mucho que esperar en un futuro que alegre el
corazón —salvo unas vacaciones o alguna reunión con amigos— y de que el techo
bajo el que me cobijo es, en realidad, la barrera de mis anhelos. Siento que
vivo acorralado por los límites que el sistema me impone.
Sospecho que ser un simple testigo del paso de los días no
es lo que el fondo de mi ser entiende como "vida": contar las horas
para ser libre, solo para llegar al día siguiente al mismo lugar y volver a
contar el tiempo para ser, de nuevo, libre. ¡Es tan insensato! Pero en mi
conciencia sigo sin percatarme de la monotonía de las jornadas; las diferencias
son tan sutiles que bien podría ser un hámster girando en su rueda de
ejercicio, con el corazón acelerado por la esperanza de que estoy avanzando.
Todo parece moverse rápido, pero al parar, exhausto, descubro que todo sigue
igual, en el mismo espacio y en el mismo día.
Tampoco me doy cuenta de que no soy dueño de mi propia
existencia. A veces me descubro pidiendo misericordia para existir: para que no
me ocurra nada, para que no me duela nada, para que todo permanezca estático,
como si este lugar fuera el paraíso. Y, a pesar de todo, sigo creyendo en el
mito reconfortante de que somos personas libres, de que decido qué hacer los
domingos, qué comer y con quién vivir.
Entonces duermo un rato más. Prefiero habitar en ese
consuelo antes que enfrentarme al terror de que esta vida sea un infierno. Pero
en el sueño la vida tampoco es tolerante; me acosan monstruos y guerreros
acorazados que quieren liquidarme, y en ese mundo onírico sigo huyendo de mis
propios terrores.
Sin embargo, ahora despierto alterado y lúcido. Es como si
se corriera un velo, como si la niebla se despejara. Descubro que ya no soy ese
hombre asustado y en declive; descubro que me he vuelto un cimarrón, un
rebelde en la selva que, a pesar de su soledad, ha dejado de tener miedo.
Reconozco que, durante mucho tiempo, ese ejemplar de "animal
domesticado" era yo. Aquel que malgastaba su único patrimonio real —su
tiempo de vida— en una espera ansiosa por la quincena, solo para seguir
alimentando un sistema que maneja los recursos de forma irracional y nos
mantiene en chiqueros saturados de nuestra propia inmundicia.

Comentarios