Muy a pesar de lo que sostienen muchos analistas
especializados en geoestrategia y geoeconomía, lo que presenciamos hoy no
parece una disputa ideológica tradicional entre neoliberales y soberanistas.
Más bien asistimos a una reconfiguración del poder entre élites globales con
proyectos distintos de orden mundial. No es tanto una confrontación doctrinal
como una pugna entre grandes concentraciones de poder que buscan definir la
arquitectura del futuro.
Cuando las fuerzas en juego alcanzan esta magnitud —Estados
como Estados Unidos, Rusia o China disputando zonas de influencia— la escala
del conflicto supera por completo la capacidad de intervención del individuo
común. La indignación, la preferencia ideológica o la repetición diaria de
consignas no alteran la estructura del fenómeno. Son fuerzas comparables a un
sismo o a un huracán: pueden afectarnos profundamente, pero no dependen de
nuestra voluntad.
En este contexto recuerdo una historia taoísta: un anciano
cae en un río turbulento y quienes lo observan creen que morirá. Sin embargo,
aparece ileso aguas abajo. Cuando le preguntan cómo sobrevivió, responde que no
luchó contra la corriente; simplemente se dejó llevar por ella, adaptándose a
su fuerza en lugar de oponerse. No se trató de pasividad, sino de comprensión
de escala. Hay energías que no se enfrentan frontalmente: se leen, se aceptan y
se aprovechan.
El principio no es la rendición, sino la inteligencia
estratégica.
Algo similar aparece en los relatos de Juan Matus, el
personaje —posiblemente ficticio— de Carlos Castaneda. Según esa tradición,
tras la Conquista española los hombres de conocimiento comprendieron que la
confrontación abierta significaba la desaparición. Ante el despotismo colonial
decidieron volverse invisibles. En lugar de exhibir su saber, lo resguardaron.
En vez de estructuras públicas, optaron por linajes discretos. La presión
externa obligó a destilar lo esencial y abandonar lo superfluo. El conocimiento
dejó de ser espectáculo y se convirtió en disciplina personal.
Ambas imágenes —el anciano en el río y el linaje que se
repliega— apuntan hacia una misma enseñanza: cuando el entorno se vuelve
inmanejable, la estrategia puede cambiar de escala.
No se trata de abandonar el mundo ni de convertirse en
testigos pasivos de los acontecimientos. Tampoco de consumir noticias como si
fueran sustitutos de acción. Se trata de reconocer que, cuando el tablero
global se redefine sin nosotros, el único territorio verdaderamente soberano
que permanece es la conciencia propia.
Tal vez el momento histórico actual no exija más opinadores,
sino más individuos interiormente estructurados. Si las grandes narrativas
civilizatorias aún no encuentran condiciones para dejar de ser utopías, el
trabajo inmediato no está en decretarlas, sino en preparar el terreno humano
desde donde, algún día, puedan surgir.
Frente a fuerzas que nos superan, el camino alternativo no
es la resignación. Es la reconfiguración: pasar de la agitación exterior a la
consolidación interior. No abandonar la realidad, sino fortalecer el único
punto desde el cual, eventualmente, toda transformación auténtica puede
comenzar.

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