A menudo, en cualquier momento del día o de la noche, me
asalta un sonido que me altera profundamente. Nunca sé si proviene del exterior
o de una región de mi interior que todavía no termino de cartografiar.
Es un aullido largo, nítido y perturbador que me
estremece hasta el tuétano y me deja con un vaho de incertidumbre en el pecho.
Durante mucho tiempo, mi mente racional —esa parte de mí que siempre exige una
explicación lógica para todo— se revolvía en conjeturas, intentando descifrar
su origen. Buscaba la razón por la cual interfería en mi frecuencia cotidiana,
tal como ocurría con la estática en las antiguas radios de banda FM.
Me costó muchos tropiezos y varias noches de insomnio
entender que ese grito no era una amenaza, sino un recordatorio. En mi relato,
Avot escucha ese llamado mientras intenta, con escaso éxito, acallar sus
propios pensamientos. Es curioso cómo nos han entrenado para temer a lo
salvaje, para ver en el lobo a un enemigo que acecha en las sombras, cuando en
realidad lo que nos aterra es el espejo que ese animal nos pone enfrente.
En un momento de mi propio viaje, jugué a interrogar a mis
voces internas. Al cuestionar a ese "lobo" que aullaba en mi cabeza,
descubrí que no estaba perdido, sino que buscaba a los suyos. El aullido es la
forma en que la manada se comunica a larga distancia; es un mensaje para aquel
que, siendo parte de lo salvaje, ha sido capturado y domesticado. Es un llamado
para que el animal cautivo recuerde su origen y se convierta, por fin, en cimarrón.
Convertirse en cimarrón es un acto de una audacia
silenciosa. No se trata de nacer libre —muchos nacen así y no saben valorar el
horizonte—, sino de haber conocido la cerca de madera, las vasijas para beber y
la seguridad del corral, para decidir un día, por una íntima predilección,
que asilvestrarse es el único camino posible. Es dejar de ser la presa de las
circunstancias, del "qué dirán" o de la "quincena" que nos
mantiene atados a chiqueros de consumo, para transformarse en el cazador de
nuestro propio ego.
Hoy entiendo que ese aullido que todavía escucho de vez en
cuando no busca darme respuestas ni consuelos. Es solo una vibración que me
dice que la libertad está distante, que el bosque sigue esperando y que la
realidad no es algo que me sucede, sino algo que elijo a cada paso. No pretendo
que nadie más escuche lo que yo oigo; cada quien tiene su propio ritmo y su
propio tiempo, pero sobre todo su propia versión del animal salvaje que le
llama a la libertad. Solo comparto que, la primera vez que me atreví a responder
a ese grito con mi propia voz, descubrí que no hay un camino preestablecido,
sino una libertad sobre tierra fértil: un modo alternativo de ver la realidad
que no pide permiso para existir.
Si nunca has escuchado nada, es que no has puesto atención.
Deja a tu mente suelta, sin pensamientos, y llegará el momento en que
escucharás —o sentirás— cómo tu sistema nervioso se congela mientras un líquido
frío recorre tu cuerpo.
Otra razón por la que no escuchas ningún llamado es porque
sabes, de forma intuitiva, que podrías escucharlo y prefieres no hacerlo.
Entonces utilizas la música, el podcast o el video corto para alejarte del
diálogo que te ofrece la soledad en un paradójico silencio interior. Entiendo
ese miedo porque lo sentí a menudo, pero me aterró más descubrir el futuro que
me esperaba si no atendía a esa voz de alerta que me exigía poner atención a lo
que mi sabio interior tenía que decirme.
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