Encuentro con la mariposa del inframundo

encuentro en la penumbra
 

Recuerdo vívidamente una noche, ya cruzada esa frontera invisible donde las calles industriales se vacían de vida y el miedo se eriza en la piel como un instinto antiguo. Caminaba de regreso, midiendo cada paso para no gastar el escaso dinero que me quedaba en un taxi, sintiendo con un peso amargo que esta ciudad de asfalto y prisa no ha sido diseñada para quienes andamos a pie, desprotegidos. Al abrir la pesada puerta de aquella vieja nave industrial que entonces me servía de refugio, mis ojos, casi por inercia, se fijaron en un malacate que colgaba inerte del techo. Supe, con una precisión gélida, que ese mecanismo podía soportar más de ochocientos kilos de carga. Por un instante suspendido en el aire, la idea de un lazo y un salto definitivo al vacío no se me presentó como una tragedia, sino como una salida elegante, un alivio a la fatiga del ser.

Pero esa decisión no habitaba en mi naturaleza; lo que realmente me sacudió fue notar cómo esa idea se posaba en mi mente con la ligereza de una mariposa colorida. A veces, las soluciones que no emergen de tu esencia más profunda se disfrazan de belleza para seducirte en el momento de mayor fragilidad.

—¿Y por qué no? —me susurró la idea, imaginada ahora con el aleteo vibrante de esa mariposa.

—Porque todavía tengo esperanza —le respondí, sin apartar la vista del malacate, cuyas cadenas parecían mecerse en el vacío con un ritmo hipnótico.

—"La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre", dice Nietzsche —sentenció la mariposa, citando al filósofo alemán con una frialdad académica.

—¡Vaya mariposa filosófica! —reaccioné con un entusiasmo repentino, como si el intelecto hubiera encontrado una red donde atrapar la desesperación—. ¡Citas a un hombre que, en el clímax de su locura, terminó pidiendo perdón a un caballo por la crueldad que el animal había recibido del hombre!

La mariposa volvió a revolotear, murmurando cerca de mi oído con un desdén casi humano: “Eres fastidioso. Al igual que Nietzsche, eliges prolongar tu sufrimiento en esta vida estéril”. Me quedé sin palabras mientras veía a la criatura perderse en la penumbra. En ese último rastro de luz, ya no me pareció colorida, sino una mariposa negra, esa que en mi cultura originaria representa a la muerte y custodia los umbrales del inframundo al que intentaba invitarme.

Allí, sentado frente a mi propio cansancio y en la soledad de esa nave, me pregunté cómo se llega a un precipicio de tal magnitud. Comprendí que las crisis no estallan por un imprevisto del azar; se construyen con una paciencia aterradora, tejiendo deslices casi imperceptibles. Un error aislado suele ser manejable, pero el desastre absoluto surge cuando dos fallos distintos coinciden con una precisión matemática en el mismo punto del tiempo. Es la teoría de la catástrofe: como el limpiacristales que olvida su arnés por la mañana y da un paso en falso al mediodía. La tragedia no es el paso en falso, sino la sincronía fatal de ambos eventos, cargada con el peso de un pasado no resuelto.

Esa noche, el tiempo había decidido trenzar el desempleo, la expulsión de mi propio hogar y la noticia devastadora de un cáncer terminal en mi compañera de vida. Sentí que habitaba un equilibrio perverso del universo, uno que solo sabía triturar ilusiones. Fue en ese fondo, donde la realidad se había despellejado capa tras capa como una cebolla, que mis heridas más antiguas quedaron al descubierto. No buscaba una verdad trascendental; solo intentaba descifrar por qué la vida se había enredado de esa forma tan oscura, y cómo es que, a pesar de todo, la utopía seguía siendo el único horizonte que me obligaba a caminar.

Hoy entiendo que esa noche no fue el final, sino el inicio de mi camino como para encontrar mi soberanía personal, aprendiendo que el conocimiento adquirido en el dolor no es ajeno a nuestra experiencia en el mundo.

 

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